Ponchos colorados

“Somos nuestra memoria

somos ese quimérico museo de formas inconstantes

ese montón de espejos rotos”.

“Elogio de la sombra”,

Jorge Luis Borges.

Gustavo Toledo

Provocador, Juan Carlos Onetti dispara desde las profundidades de “El Pozo”: “Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos”. Pero esa “nada”, onettiana, en ocasiones exagerada, distorsionada, manipulada, no carece de valor y sentido.

Por el contrario, ese puñado de hombres sueltos, sin límites ni fronteras, son el núcleo originario de una sociedad que, no sin dificultades, vio la «luz» a principios del siglo XX, constituyéndose en un modelo de cohesión y convivencia civilizada.

Buceando en aquella psiquis primitiva, el historiador Roberto Ares Pons (“Uruguay, ¿provincia o nación?”) destaca un punto central: “en su búsqueda inconsciente del padre, el gaucho encuentra al caudillo, y en su búsqueda de Dios, a la Patria y, en su defecto, a la Divisa”.

Ciertamente, a falta de una Patria definida y consolidada, eso vendrá después, los cintillos (blanco y colorado) no sólo fueron los distintivos necesarios para reconocerse entre pares y distinguirse de los adversarios en el fragor de la batalla, sino también la representación simbólica de la comunión entre el gaucho y su caudillo, un signo de identidad, un nosotros mucho más amplio y trascendente que la mera suma de individualidades e intereses circunstanciales.

Así, ambas divisas se convirtieron en los pilares de nuestra nacionalidad, en los cauces de un ancho río que atravesó longitudinalmente aquel orden social, geográfico y cultural en el que cupieron todos: caudillos y doctores, patricios y desarrapados, criollos e inmigrantes.

Primero a través de las chuzas y las montoneras, luego por medio de las urnas y la contienda de ideas, ambas colectividades, hermanadas y enfrentadas a la vez, construyeron un estado liberal y republicano, una sociedad abierta e integradora y una cultura rica y heterogénea, que, con el tiempo, se abrió a otras opciones, que fueron tomando cuerpo a medida que el coloradismo se autofagocitaba.

Para quienes aún nos identificamos con esa divisa, la de Don Frutos Rivera y sus guerrilleros, la del Gobierno de la Defensa y los Batlle, la de Baltasar Brum y Tomás Berreta, entre tantos otros y otras, aquel jirón de forro de poncho patrio aún nos convoca y nos liga (“correligionarios”), casi dos siglos después de su estreno en Carpintería. ¿Por qué? Porque, como enseñaba Domingo Arena, el programa del batllismo (consciencia social del viejo coloradismo) no tiene punto final, porque su mejor página es la página que aún no se escribió, la del porvenir, la de los derechos por conquistar; un «deber ser» convertido en divisa.

Confieso que, por más piruetas retóricas que algunos ensayen, me cuesta trabajo hacerme a la idea de un batllismo domesticado y acotado, convertido en furgón de cola de otras corrientes. O asumir, mansamente, que el Partido Colorado (¡el escudo de los débiles!) se transforme en un peón más de la gran estancia levemente ondulada que se contempla desde el balcón de los poderosos.

Por desgracia, al igual que esos enamorados que confunden demasiadas cosas con amor, entre nosotros confundimos demasiadas cosas con batllismo: el anticomunismo furibundo de algunos supervivientes de la Guerra Fría, la lucha por cargos y prebendas, el penúltimo «ismo» de moda, el “no hagan olas” de los defensores del statu quo, el «herrerismo» de Don Julio (Herrera y Obes)…

Por cierto, nuestra confusión existencial no se explica en función de tal o cual factor, o de tal o cual persona, sino a partir de un largo y complejo proceso de deterioro caracterizado por un profundo desprecio por la historia, por la lenta y persistente sustitución de las tradiciones (símbolos, costumbres, referencias, valores) por un folclore lavado y ajeno, por el repaso mecánico de gestas, nombres y logros a los que pocos –casi nadie- asignan valor real, en el mejor de los casos, cuando no lisa y llanamente por un olvido denso, cómodo, suicida.

Sé bien que a menudo pedaleo a contramano de un pelotón cada vez más raleado, y eso no me es inocuo, pero sé también que, en estas circunstancias, guardar silencio equivale a traicionarme/nos. En especial, a esos colorados que -me consta- siguen dando pelea, manteniendo viva la llama de la resistencia.

Como hace 185 años, el camino es el de la rebeldía, el inconformismo y la insumisión, con el «deber ser», una vez más, como divisa. Para lo cual se precisa el coraje de aquel puñado de gauchos comandados por Fausto Aguilar en «Coquimbo», dispuestos a renunciar a sus ponchos en la adversidad, porque del “otro lado” no hacía frío.

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