Sí: las ideas cambian el mundo

Fátima Barrutta

En la mañana del último viernes, en una de las interesantes mesas de discusión que se dan en el programa «En perspectiva», que dirige Emiliano Cotelo en Radiomundo, se dio una inesperada polémica.

El escritor, docente e ingeniero compatriota Juan Grompone puso en duda la pertinencia del lema con que este fin de semana se homenajea a José Enrique Rodó en el Día del Patrimonio: «las ideas cambian el mundo».

Grompone, con la profundidad intelectual que lo caracteriza, cuestionó dicho aserto, en la medida que trasmite una concepción idealista, que él discute desde su posicionamiento filosófico materialista. «No son las ideas las que cambian el mundo; son las acciones», dijo.

Es un debate sumamente interesante que ya, por sí solo, más que justifica que dicho lema haya sido puesto sobre la mesa para esta celebración.

El materialismo dialéctico, del que la ideología marxista es su máxima expresión, restringe el análisis de la realidad a condicionamientos materiales, por lo que postula un igualitarismo que resulta muy atractivo en las palabras, pero que nunca se aplicó en la práctica. Al contrario: los regímenes que fundaron su accionar en la tesis marxista desembocaron en sistemas totalitarios, avasalladores de derechos humanos y profundamente injustos.

«Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros», escribió George Orwell en su gran libro «Rebelión en la granja», aludiendo con humor a la desigualdad esencial que practican las sociedades comunistas, aunque postulen lo contrario.

El mundo de las ideas no se regula por relaciones de poder: la creatividad e imaginación del ser humano, expresada con entera libertad, es inagotable y siempre fermental. Es obvio que no todas las ideas cambian el mundo, y que las que lo logran, necesitan de acciones que las lleven a la práctica. Pero sí es cierto que solo las ideas lo cambian, ya que las acciones por sí mismas, sin un sueño o una aspiración que les insufle vida, no significan nada.

Esta es la gran enseñanza de un escritor ejemplar, que en su corta vida legó un sistema de ideas que iluminó al país, a América Latina y al mundo entero.

José Enrique Rodó fue además un dirigente del Partido Colorado profundamente comprometido con su tiempo, y generador de sustanciales debates con el Batllismo. A través de su libro «Ariel» ejerció una influencia notoria sobre varias generaciones, que gracias a él cuestionaron el paradigma utilitario de la existencia y abrazaron por igual los imperios de la razón y la emoción, la ciencia y el arte, la objetividad y la poesía.

Con inteligencia, Rodó opone dos personajes de «La tempestad» de William Shakespeare, para simbolizar en ellos las dos pulsiones de vida que entran en conflicto en el alma de las personas: Ariel, como metáfora de la superación espiritual, y Calibán, como ejemplo de la sujeción instintiva a la satisfacción de las necesidades básicas. Y con sensibilidad, se dirige a los jóvenes, viendo en ellos la llama del cambio que nuestras sociedades necesitan, para liberarse de sus miserias materiales y espirituales.

En estos tiempos, la coalición republicana trabaja sin descanso para rearmar una cultura de las ideas, que privilegie el conocimiento y la sensibilidad por sobre los automatismos instintivos, y que ilumine una realidad diversa y cambiante, que no puede ni debe simplificarse dentro de los esquematismos propios de las ideologías colectivistas.

Por eso, recordar y reverenciar el pensamiento de Rodó es más oportuno que nunca. Es reencontrar a los ciudadanos con los valores de un hombre que bregó por la preeminencia de las ideas, en un mundo en que distintas fuerzas pugnaban por someter al individuo a la esclavitud de lo cotidiano.

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