Si no hay puente, la grieta se hace fractura

Julio María Sanguinetti

En la Argentina es un tópico hablar de “la grieta”, algo fantasmal que ha pasado a ser una suerte de entidad propia, un sustantivo, que se conjuga día a día en redes y medios y se describe como un rosario de descalificaciones recíprocas.

En Brasil avanza el mismo sentimiento, con el presidente Bolsonaro como una frontera que divide dos países, aunque Fernando Henrique Cardoso haya tratado de tender un puente.

Aun en nuestro país, el Uruguay, no faltan quienes empiezan a decirlo, por contagio televisivo argentino simplemente, porque estamos lejos de que ello sea real. Sin ir más lejos, un prestigioso centro académico, Ceres, organizó este jueves pasado, en el majestuoso Salón de Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, una celebración de los “35 años más 1” de la restauración democrática, con la presencia de los tres expresidentes vivos que procuramos mantener tendidos los puentes. Fue lo que hicimos con el propio Mujica, en octubre del año pasado, cuando habíamos resuelto renunciar al Senado y protagonizamos una despedida conjunta que pretendió ser un mensaje de convivencia republicana, felizmente comprendido.

Naturalmente, la vida democrática es debate, normalmente apasionado. Siempre habrá diferencias. Recuerdo que hace años acompañé al escritor Günter Grass, el célebre autor de El tambor de hojalata, en un día de recorrida por universidades, en plena campaña electoral alemana, en que, apoyando a Willy Brandt, recibía de la juventud cuestionamientos de toda índole por lo que consideraban demasiada cercanía a los Estados Unidos. Grass les decía: “Señores, yo todos los días me levanto, trabajo horas, escribo y luego leo lo del día anterior, de lo que tiro la mitad, porque no me conforma; de noche, me veo con amigos y discutimos airadamente. Ahora bien: si uno no está muy de acuerdo con todo lo que hace ni con lo que piensan los amigos cercanos, ¿ustedes creen que alguien puede estar totalmente de acuerdo con un partido o un gobierno? Es imposible y si en algún momento se lo creen, es porque están ya en un Estado totalitario”. Y a partir de allí les hablaba de que la política es “balance” entre logros e insuficiencias y que lo que importaba, por encima de todo, era apoyar a quienes aseguraban paz y libertad para Alemania.

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Esta reflexión, que allí se cargaba de tremendas historias (el propio Günter, adolescente, fue reclutado a la fuerza en la época nazi), es la gran lección para nuestros días. Y esto hace a la política, como a toda nuestra contemporaneidad. Ernesto Ottone, brillante pensador chileno, dice que la globalización ha llevado, paradójicamente, a la contradicción entre uniformidades en el campo del consumo y una “inflación identitaria” de posiciones tan extremas, que acaban con el esencial “nosotros” de las repúblicas.

Los temas de religión han sido los de mayor persistencia y no se superan. Cuando invocamos hoy la condición de la mujer en Gaza, nos acorralan con epítetos como “islamofóbico”, “sionista” o “racista”. Pero hoy nos encontramos, además, con reacciones identitarias de origen étnico o de género que suelen llevar a una descalificación moral de quien no se asume dentro de esa definición.

En nuestra América mestiza, especialmente desde 1992, cuando se celebraron los 500 años del descubrimiento de América, hay un cuestionamiento tan profundo a la matriz hispánica y un reverdecer de los pueblos originarios, que llega a la negación de la construcción republicana, resucitando leyes ancestrales. Hasta se llega al racismo, cuando se exalta “la sangre” como identidad excluyente y no la cultura, los valores y creencias, que es lo que nos debiera definir.

En nombre del antirracismo, hemos visto cortarle la cabeza a un monumento a Colón o atentar contra uno de Winston Churchill, nuestro líder en la guerra contra la organización racista más siniestra, simplemente porque era “conservador”…

Algo análogo ocurre con los temas de género, en que la noble causa feminista se transforma en una especie de rechazo antropológico a la pareja humana, sea ella como sea, que nunca debería ser motivo de fanatismo excluyente. Por supuesto, nos falta mucho en el camino de la igualdad de derechos y oportunidades para la mujer, que arrastró –arrastra todavía– rezagos de subordinación nacidos en las construcciones religiosas. Llevamos una vida de lucha en el tema, pero nos rebelamos ante el destrozo de un idioma que en nombre de la “inclusión” hubiera hecho imposibles las poesías de Borges o las novelas de García Márquez.

Hasta los hábitos alimentarios han creado otra modalidad identitaria, los veganos, que llegan al ataque de establecimientos gastronómicos, respondidos con frecuencia por otros fanáticos que no toleran la diversidad.

Estas modalidades de esa “inflación identitaria” tejen una telaraña que agrieta la sociedad, amplificando aún más los debates políticos, ya de por sí encendidos. A quien razone o cuestione, no se le contesta. Se lo descalifica y se lo “cancela”. Esto es lo que Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento llama la “tiranía de las minorías”.

En este contexto, es difícil mantener a la democracia en el cauce del pensamiento racional que es su esencia. Pero no podemos desfallecer. Y si los intolerantes nos descalifican, no es la hora de contagiarnos. Contestarles, discutirles, con toda la fuerza que nos da la convicción de la libertad de conciencia. Pero no más allá.

Si no hay puente, la grieta se hace fractura, y esta, abismo.

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