Soy hijo y hermano de tupas

Eduardo IRIGOYEN GARCÍA

Fraybentino, periodista de vocación, sobreviviente de la zurda del Partido Colorado, reivindicador del anarcobatllismo, liberal extremista, republicano radical, defensor de la laicidad, gris onettiano, admirador del rock progresivo y sobre todo, de Borges, Felisberto y el Gran Maneco Flores Mora.

Tenía 15 años cuando cayó la Columna Río Negro del MLN, en el invierno de 1972. Mi viejo y mi hermana -después de ser procesados- estuvieron presos, un poco más de un año y medio. Mi viejo, que era amigo de Raúl Sendic (se conocían desde los tiempos en que militaban en el Partido Socialista), falleció en 1989.

Mi hermana mayor, quien cayó nuevamente en cana en 1975, salió en 1984 y afortunadamente, vive.

Cuando era un adolescente -como muchos- creía en el mundo del pan y las rosas, en la violencia «de abajo» que justificaba combatir la violencia «de arriba». Éramos adolescentes cargados de bronca contra las injusticias y enamorados de la revolución (aunque nunca agarré un fierro), no creíamos en la democracia, ni en los derechos humanos ni en la República ni en la tolerancia o el respeto al que pensaba diferente.

La lucha contra la dictadura nos hizo evolucionar, crecer y madurar.

Jamás le pregunté a mi viejo y a mi hermana por sus acciones en el MLN. Nunca me interesó ese amor por la pólvora y la sangre.

Nunca decayó o disminuyó mi amor y mi cariño por ellos. Nunca tuve palabras de reproche en su contra.

Ambos sufrieron mucho y la pasaron muy mal. (Tengo claro que hubo otros que la pasaron peor: fueron torturados, asesinados a sangre fría y aún hoy, su cuerpo permanece desaparecido, mientras sus familiares reclaman, sin obtener respuesta).

Mi viejo y mi hermana fueron, de alguna manera, personas justas pero equivocadas.

Quisiera la verdad, pero toda la verdad.

Quisiera que un tupa dijera que un día le encajó un tiro a una persona y no sintió el más mínimo remordimiento cuando la bala desgarró la carne de la víctima ni se asustó cuando corrió la sangre y la vida -de quien consideraba el enemigo- se iba lentamente. Y esa misma noche se juntó con sus amigos, tocó y cantó «Hasta siempre» en la guitarra y sintió orgullo por lo hecho, apenas unas horas antes, mientras abrazaba cariñosamente a su novia.

Quisiera que un militar dijera que torturó salvajemente, con sadismo y con odio, que hasta sintió placer al golpear, violar, meter picana y hacer el submarino a gente joven que sufría entre gritos y llantos. Y que no sintió el menor remordimiento al ver morir a un ser humano bajo la tortura. Y esa noche llegó a su casa, le dio un beso a sus hijos y a su esposa, miraron la tele como si nada hubiera pasado y esa noche durmió tranquilo pensando que había cumplido con su deber.

Tengo dos hijas a quienes nunca transmití un relato o historia familiar de odio, revancha o rencor.

Yo también quiero verdad, toda la verdad.

Yo también quiero el perdón y una reconciliación sincera.

Quisiera ser optimista, pero sé que tanto milicos como tupas tienen trapos sucios que nunca van a lavar en público.

No les creo. Mienten mucho.

No soy experto, pero he leído desde «Testimonio de una nación agredida», el libro escrito por Gavazzo, pero también las «Actas tupamaras» y todos los libros del Ñato, las explicaciones del Ruso y todos los creadores del «relato heroico».

Ha pasado mucho tiempo.

No triunfó ni el odio ni el rencor.

Los milicos se fueron convencidos y no vencidos.

Los tupas se integraron al sistema luego de reconocer que la estrategia era llegar al poder con los votos y no con las balas.

En Uruguay todo se arregla dialogando y con soluciones imperfectas que dejan materias pendientes, pero que aseguran y priorizan la paz.

Materia pendiente: la verdad

Cada vez que recuerdo a ese adolescente que fui, que recorría desde el Penal de Libertad al de Paso de los Toros o al de Punta de Rieles para ver a sus seres queridos presos, pienso en los muchísimos uruguayos que fueron rehenes de una violencia inútil y de una respuesta brutal desde el Estado y rechazaron ambas.

Eran hombres y mujeres grises, moderados, anónimos, que laburaban en el taller, el almacén o en la fábrica. Ellos, que eran la mayoría de este país, no se enamoraron ni de la pólvora y la sangre pero tampoco de la respuesta brutal e inhumana del Estado.  Ellos fueron quienes derrotaron la violencia y el odio que tanto mal nos hizo.

Cada vez que pienso en la necesidad de la paz, la reconciliación, la verdad y el perdón, recuerdo las palabras de Batlle en 1904, cuando terminó la guerra: «Hagamos votos porque este dolor sea para nosotros una gran lección; porque no dirimamos ya nuestras cuestiones en los campos de batalla, porque las dirimamos siempre alrededor de las urnas (…). Acompañadme a dar una viva a los soldados de las instituciones… a dar un ¡hurra! tan doloroso como entusiasta por los que han caído en su defensa… y a explorar la suerte de los que luchando por lo que ellos creían en un ideal patriótico… han caído también, extraviados en el no siempre claro camino del deber».

Mi viejo y mi hermana, como muchos otros tupas, no cayeron, pero se extraviaron en el no siempre claro camino del deber.

El intelectual José Bergamín (exiliado en Uruguay, mentor de Maneco Flores Mora y Carlos Maggi), cada vez que le preguntaban cómo podía terminar la división entre las dos Españas, la franquista y la republicana, respondía: «Buena memoria y mejor olvido».

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