Tiempo de crisis, tiempo de cambio

(Lo admito: este puede ser un análisis polémico)

Jorge Nelson Chagas

Si en el otoño-invierno de 1984 pudiéramos haber congelado el tiempo, observaríamos a una sociedad altamente movilizada. Marchas, caceroleos, apagones, paros…una sociedad que ansiaba el retorno a la democracia. El período 1973-1980 parecía un mal sueño del cual se estaba despertando. 

Sin embargo, esos siete años de rudo autoritarismo habían dejado su huella en la sociedad. Y esa “huella” tenía varias caras. Por un lado, los uruguayos – aunque aún no se habían percatado –  habían sufrido una transformación profunda en sus hábitos de consumo. Un tema que he tratado más de una vez y no insistiré en él. Estoy convencido íntimamente que a una parte importante de la ciudadanía quería los militares hicieran retornar al Uruguay al pasado idealizado de los años ’40-’50, a los tiempos de Maracaná y del sopor aldeano con menos inseguridades y desafíos. Pero esto era, simplemente, imposible. El Uruguay de la sustitución de importaciones y del dirigismo económico, que se regodeaba mirando su propio ombligo, estaba muriendo inexorablemente y no podía haber restauración posible. (El otrora poderoso Congreso Obrero Textil se fue apagando lentamente hasta desaparecer, todo un símbolo del fin de las industrias textiles nacidas al calor del proteccionismo estatal, Lo mismo puede decirse de fábricas como FUNSA, la BAO o TEM) 

Por otro lado, se había producido una acentuada “feminización” de la mano de obra. A causa de la caída pronunciada de los salarios un hombre (salvo que tuviera un puesto de trabajo de alto nivel profesional o técnico)  no podía sostener por sí sólo un núcleo familiar. Las mujeres habían salido a conquistar el mercado laboral y esto trajo consecuencias en la estructura familiar. El ama de casa tradicional, dedicada a tiempo completo a cuidar de sus hijos y atender el hogar, estaba desapareciendo. No deja de ser interesante observar que en el conflicto y ocupación de la empresa ILDU, en enero de 1984, las mujeres  hayan tenido un papel protagónico. Es más: ya en ese tiempo comenzó a surgir un feminismo militante (Fanny Puyeski fue una adelantada. Su obra “Manual para divorciadas” data de 1980 y ya plantea claramente temas como la igualdad de género, el patriarcado, el machismo y la liberación femenina de cuerpo y espíritu). En forma mucho más subterránea estaban las reivindicaciones de los colectivos gay que se expresarían en forma mucho más abierta, durante la primera presidencia de Julio María Sanguinetti.  (No me animo a afirmar si en este tiempo hubo alguna reivindicación sobre el uso de las drogas, especialmente la marihuana. Existían sí, en 1984, círculos juveniles que la consumían pero, no tengo claro, si se planteaba su legalización)         

Asimismo, una parte importante de uruguayos ya se había acostumbrado a manejar moneda extranjera (algo impensable años atrás). Los miles de ahorristas en dólares – tanto en plazo fijo como en cuentas a la vista – habían salido beneficiados con la devaluación de noviembre de 1982 y esto les permitió acceder a mayores bienes y servicios  Los uruguayos en 1984  habían aprendido a disfrutar de los viajes a Brasil (principalmente) y más tarde, al Caribe y Europa.  Por otra parte, la llegada de la tarjeta VISA en 1982 – los bancos Comercial y Caja Obrera formaron una sociedad en conjunto, SYSTERBANC, para brindar esta modalidad de crédito a los clientes- marcó un hito. En un principio fue para un grupo reducido de gran poder adquisitivo pero, más tarde, se extendió a todos los niveles sociales.  

El Uruguay de 1984 era un país que sufría una crisis económica y social aguda, pero no era el Uruguay de 1973. Contrariamente a la creencia que los cambios aquí no se producen, sí los hubo. El surgimiento de la figura del “deudor en dólares” tuvo consecuencias financieras – para la banca privada nacional –  y políticas. El endeudamiento del agro repercutió fuertemente en las acciones del régimen,  que fue presionado para que buscara soluciones. El tema del “endeudamiento en dólares” iba a ser un problema constante de ahí en más. 

Acaso uno de los aspectos más negativos de esa “huella” fue que la ausencia de libertades generó una generación – me incluyo en ella – con ausencia de espíritu crítico.  Por eso, pese a que leíamos muchísimo en ese tiempo, en forma voraz, todo tipo de “literatura prohibida” nos faltó discernimiento para cuestionar, con fundamentos, algunas verdades reveladas. Me he preguntado muchas veces si aquí estaba la tierra fértil para que más adelante, ya en democracia, germinara “el relato hemipléjico” de la historia reciente. Sinceramente, no lo sé. 

En 1984 parecía que la dictadura que soportábamos había nacido por una especie de conjuro maligno y que los uruguayos éramos completamente inocentes de su implantación. La culpa recaía casi exclusivamente en los militares. Existía una suerte de amnesia del prestigio conseguido por las Fuerzas Conjuntas cuando derrotaron a la guerrilla y aún más allá del 27 de junio de 1973. Todos parecían haber integrado la resistencia…    

Lo cierto es que hacia mediados de aquel año Uruguay en forma incierta se acercaba a una definición sobre cómo saldría de la dictadura.

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