Un Cuento Cubano

Nicolás Martínez

Es lunes 12 de julio, hay tensión y confusión en la nación. Afuera, se respira incertidumbre por parte de un pueblo que padece hambre, insomnio y desolación. Del otro lado, se escucha el sonido estridente de botas que corren apuradas a la junta que fue convocada de manera urgente. En la sala de reunión, mientras uno de los militares apaga su habano en el cenicero que lleva labrado el martillo y la hoz, la vibración de los vidrios de la ventana exterior es contundente en su señal: el líder ha llegado. El helicóptero desciende lentamente mientras los guardias corren a escoltar al mesías de la revolución. Con paso apurado y una respiración que se dificulta con el pasar de los años, se percibe en sus ojos un manojo de furia acorralada. Horas después, luego de un balance de la situación, la orden es clara: llamar al único medio de prensa existente y transmitir por cadena nacional. De camino al canal se repasa una y otra vez la misiva: mostrar firmeza, reivindicar la solidaridad del pueblo cubano, y dejar claro al mundo el caudal represivo del enemigo. El mensaje debe ser claro, la injerencia internacional del imperialismo es determinante. La respuesta: el bloqueo. Se encienden las luces. El repasa una vez más la proclama escrita. Frota sus manos intentando vanamente ocultar los nervios ante la situación. La cámara comienza a transmitir: «Aquí lo que nosotros necesitamos es que se retiren las 243 medidas de bloqueo adicionales y se derogue el bloqueo. Es lo único que demanda Cuba». Las luces se apagan, se cercioran de que radio y televisión hayan replicado el mensaje. Una vez dentro del automóvil escoltado, de camino a la finca, Díaz-Canel marca el número de su jefe en el celular. Del otro lado, una cansada y dolida voz saluda. El mensaje es sucinto: – Mi comandante, el trabajo está hecho. Los medios harán el resto.

Tan solo una día atrás, Sara Naranjo pensó que sólo sería un día más. La noche había sido larga, el calor insoportable se había confabulado con la corriente eléctrica que se ausentaba a la cita, mientras tanto, el ventilador se vislumbraba con indignación e impotencia. Las tripas sonaban al son cubano, la sed era calmada con la esperanza de ir a buscar agua para hidratarse unas horas más tarde. Por mientras recordaba y reflexionaba. Venían a su mente los años de su juventud y las ganas de volver en el tiempo. Cambiar, tomar otras decisiones. A la distancia añoraba esa incredulidad propia de los adolescentes, ese romanticismo disfrazado de ideología y de utopía. Tantos años de militancia. Tanta entrega a una revolución. Tanta vida desperdiciada. Sacrificio, entrega y trabajo hacia una promesa que la había abandonado, había sido olvidada en el olvido. Le habían fallado, la habían olvidado. Trata de mirar los colores de su patria en la bandera colgada en el recibidor, los colores se mezclan mientras se alejan lentamente. Todo se vuelve confuso, primero gris, luego blanco. Sus ojos no son los mismos de antes. Los años y el desgaste natural de la maquinaria biológica exterioriza sus falencias. Daría lo que fuera por volver a ver con claridad. Sus cataratas delatan un estado muy avanzado, difícil de contrarrestar. Una mueca dibuja una falsa sonrisa, de esas vestidas de ironía, de impotencia, de incredulidad. De pronto, su mirada se apaga. Una lágrima se escapa y bordea lentamente los relieves de una piel curtida de derrotas y esperanzas acorazadas en el deseo indómito de lo que no pudo ser. Promesas, promesas vacías recuerda mientras su mano derecha seca la rebeldía de una lluvia de sal. “Los mejores del mundo” vocifera con temor a romper el silencio, como si cuidara de no ser escuchada y delatada por algún miembro de la Asamblea Municipal. Nunca imaginaría que horas más tardes, cámara mediante, vociferaba su reciente pensamiento, esta vez, con la fuerza de quien desea gritar lo que nunca pudo ser gritado: la indignación por un sistema sanitario que dice ser el mejor del mundo, una potencia médica que no la puede operar. Un régimen que le arrebató la dignidad, un régimen que le impuso un miedo mayor: la posibilidad de quedar ciega, de no ver más.

El sol asomaba al mediodía, el calor ardía una vez más, 34 grados al parecer. Pero esta vez, el calor era distinto. El calor era humano. El calor de un pueblo que comenzaba a sonar en las calles de tierra. En las calles de pavimento también. Entre el bullicio de voces indistintos se escuchaba a lo lejos una canción. Nacida para ser inmortalizada, hacía meses se había convertido en un himno patrio.  Era la voz del pueblo, eran las estrofas de la revolución. Una revolución de hambre, una revolución de pobreza, una revolución de nunca más. Como dagas en la piel, las palabras de esa canción penetraron en esa añoranza de juventud, cuando todo era distinto, cuando creía en la revolución: “Y eres tú mi canto de sirena. Porque con tu voz se van mis penas. Y este sentimiento ya está añejo. Tú me dueles tanto, aunque estés lejos”. Las voces se sumaban, el canto se había vuelto en grito de guerra, al unísono, madres, niños, jóvenes gritaban a la par: “No más mentiras. Mi pueblo pide libertad, no más doctrinas. Ya no gritemos patria o muerte sino patria y vida. Y empezar a construir lo que soñamos. Lo que destruyeron con sus manos”.

Sara no pudo evitar tanto ruido en la ciudad, sintió en sus fibras más íntimas una mentira por derrumbarse. El clamor de las calles le dieron el valor. Como con alas de papel, decidió emprender el viaje, no se callaría nunca más. El amor rompería los muros del engaño. Se calzó con sus viejas y desgastadas pantuflas y se dirigió a la cocina. Tomó con sus arrugadas manos la única olla en su posesión. Una olla que había sido testigo de su poca utilización. Sólo una vez a la semana era espectadora de aquel ritual casi místico, arroz y porotos eran la ofrenda de la revolución. Hoy sería diferente. Hoy, esa vieja olla, golpeada y marcada por ese negro tapiz de los años, seria protagonista de la historia. Un 11 de julio, esa vieja y maltrecha olla, sería un instrumento de la revolución. Abrazada por el calor bondadoso de Sara, salió a las calles y gritó como pudo, que atravesaría el temporal, aunque nadie escuche nada, caminaría por el vendaval. Una olla, una cuchara, el grito ahogado de una fallida revolución. Cuantas historias tendría aún Sara por contar. 88 primaveras de silencios. 88 inviernos de frío desolador. 88 otoños de hambre sin compasión. 88 veranos sin agua, sin luz, sin ilusión. Alguien tomó un celular, el grito libertario de la anciana se debía inmortalizar. Como pudo, con la voz pausada, pero con esa suave dulzura de quien ha vivido más de lo deseado, con palabras deseosas de compasión, sentenció con muchísima emoción: “Me llamo Sara Navarro. Me fui para la calle porque estoy aburrida de pasar hambre, no tengo trabajo, no tengo agua, no tengo nada y estos apagones me ponen malísima, me falta el aire y no puedo usar ningún ventilador. No tengo quien me opere mi ojo. Casi estoy al quedarme ciega del otro también y le tengo miedo a la ceguera”.

Afuera, en las calles, la convocatoria cada vez era mayor. Espontáneo. Valentía por doquier. Hermanos, padres, hijos, abuelos. Un llamado a la solidaridad. Un llamado a la libertad. Los coros se hacían uno en una moción arrancada del alma de cada uno de sus habitantes: “Cuba no es de Castro, Cuba no es de ustedes, Cuba es del pueblo”. El lema “Patria o Muerte” ya no era una opción, “Patria y Vida” era la canción. Ni utopías ni falsas promesas. Quedó atrás, en algún contender, mirando al cielo como si pidieran perdón, quizás redención, un cuadro de Fidel y un cuadro del “Che”. La frustración se hizo rabia, el dolor se transformó en canción. La canción se volvió esperanza. Héroes que no eran tal, una propaganda armada que los vestía del verde oliva de la glorificación, mientras sus manos habían sido manchadas de sangre, la sangre del miedo y del terror. Su pueblo los había olvidado, su pueblo no les daría el perdón. La esperanza se hizo rebelión. La rebelión de un pueblo cansado, de un pueblo golpeado, de un pueblo engañado. David y Goliat se enfrentan una vez más. De repente la brisa se disipó, se volvió viento, viento de revolución. Sigue sonando la canción: “Todo ha cambiado ya no es lo mismo. Entre tú y yo hay un abismo. Esta es mi forma de decírtelo. Llora mi pueblo y siento yo su voz”. Nada será igual a partir de hoy. La vieja revolución se desvaneció. Y al igual que Sara, Patria y Vida, el pueblo se despertó.

Compartir

Deja una respuesta