Un enfoque equivocado

Ricardo J. Lombardo

El gobierno anunció que reimplantaría el impuesto a las remuneraciones más elevadas del sector público para fortalecer el Fondo Coronavirus destinado a asistir a las personas que han caído en más dificultades como consecuencia dela pandemia.

Aunque de escasa recaudación, la medida es bienvenida por el grueso de la población, pues se trata de una actitud simbólica que demuestra que el propio presidente, sus secretarios,  los ministros, los legisladores, los directores de los entes autónomos y de los funcionarios de mayor jerarquía que tienen asegurados sus ingresos y la estabilidad en sus cargos, no son insensibles a la situación tan compleja que vive la población.

Previo  a la última conferencia de prensa del presidente Lacalle Pou, el ex presidente Sanguinetti, en nombre del  Partido Colorado, propuso que esa medida se hiciera extensiva al sector privado.

Después se subieron al reclamo dirigentes  sindicales y políticos frenteamplistas, algunos de los cuales sugirieron además gravar el gran capital, creyendo que estas medidas eran de estricta justicia social.

En realidad están manifestando no solamente una propuesta redistributiva sino una preocupación por el déficit fiscal, de la misma forma que lo hace el periodista de Bloomberg cada vez que formula su ya consabida pregunta en las conferencias de prensa que da el gobierno, que refiere a si la crisis de la pandemia agravará la situación de las arcas públicas. Siempre, sistemáticamente, sus interrogantes terminan con la palabra “fiscal”.

Pues bien, se trata de un enfoque equivocado, no adaptado a las circunstancias que vive el país.

El PBI del Uruguay cayó 6% en 2020 como consecuencia del  Covid19, fundamentalmente como resultado de una baja sustancial en la demanda, debido a la abrupta disminución del consumo de las familias y del comercio externo.

Más allá del simbolismo de la medida adoptada por el gobierno, seguir detrayendo recursos de la actividad privada es un profundo error. Es como querer apagar un incendio echándole combustible.

Cientos de empresas han debido cerrar, otras han tenido que disminuir sensiblemente sus plantillas enviando gente a seguro de paro, reinventar sus negocios, reorganizar sus actividades en base a las nuevas tecnologías. Las compañías grandes y pequeñas,  con ellas sus empresarios y ni que hablar los emprendedores, tienen un serio problema de expectativas, que no saben si mantendrán las fuentes de trabajo, los niveles de producción y ventas, y pocas están pensando en nuevas inversiones salvo las estrictamente necesarias para sobrevivir.

Este es el momento de hacer lo contrario a lo que promueve el periodista de Bloomberg, Sanguinetti, los dirigentes frentemplistas que opinaron o los sindicalistas.

Es el tiempo en que el Estado aliente el consumo interno y cree las condiciones para aumentar la competitividad externa. Tiene las políticas monetaria, cambiaria y fiscal para hacerlo.

Debería volcar más dinero a la plaza, gastar más, invertir más y crear las condiciones para alentar las exportaciones.

Algunos llaman a esto políticas keynesianas. Pero se trata simplemente de medidas contracíclicas aconsejadas por todas las corrientes ideológicas dela economía.

Cuando una economía se deprime, el Estado debe utilizar los instrumentos que dispone para activarla. Cuando se recalienta por efecto del exceso de demanda, debe adoptar posturas restrictivas.

Un buen gobernante es keynesiano cuando corresponde, o monetarista cuando lo aconsejan las circunstancias. No se casa con los libros de texto ni se aferra al sonsonete del déficit fiscal como lo hace el periodista de Bloomberg.

En una economía deprimida, se necesita que haya gente que gaste, que invierta, que aliente el nivel de actividad para promover el empleo y evitar el desasosiego social.

Ingresar en la espiral de detraer recursos del sector privado en un período tan recesivo como el que vivimos, donde la inflación no es un problema, es una apuesta a agravar el problema.

Se trata, sin duda, de un enfoque equivocado.

Muchos se preguntarán de dónde saca el Estado los recursos para hacer todo esto. Pues estos son los momentos para recurrir a la capacidad de endeudamiento.

Así como hay momentos para acumular reservas y amortizar las deudas, hay otros en que hay que hacer lo contrario para compensar la abrupta caída de la actividad económica, el desempleo y el aumento de la pobreza como ha ocurrido en 2020 y seguirá ocurriendo, desgraciadamente, en 2021.

Esto está en la tapa del libro.

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