Vasconcellos y el látigo de la historia

Fátima Barrutta

El 22 de setiembre, Día del Maestro, se cumplieron 107 años del nacimiento de quien inició su vida activa como maestro de escuela en el departamento de Artigas, y que luego se recibiría de abogado y desarrollaría una larga y fecunda carrera política al servicio de la nación: el Dr. Amílcar Vasconcellos.

Desde muy joven militó en el batllismo, llegando a ser diputado, consejero nacional de gobierno, ministro y senador. Fue un demócrata cabal que proyecta su legado ético hasta el presente, dejando para la posteridad un libro fundamental en la historia de la política uruguaya: “Febrero amargo” (1973).

Allí denuncia con coraje la grave situación en que se adentraba el país por la rebelión de los militares a la designación de Antonio Francese como ministro de Defensa Nacional.

El libro de Vasconcellos es una crónica de la evolución de esos acontecimientos, en que la subversión estaba derrotada pero los militares se apoyaron en las sospechas de corrupción con que aquella cuestionaba al sistema político, para justificar su execrable avance sobre la institucionalidad.

En esos días de febrero, en que los mandos militares publicitan sus tristemente célebres “comunicados 4 y 7” (que son apoyados por casi todo el Frente Amplio), la lucidez de Vasconcellos ve allí una escalada hacia la dictadura y lo denuncia en forma contundente:

“La prensa hace referencia a declaraciones de jerarcas militares que en esencia intentan justificar la subversión, señalando que ella es la consecuencia de la corrupción y, para hacerlo, al señalar que en tales o cuales sectores de la administración la corrupción existe, no vacilan en incurrir en actos que son de por sí básicamente corruptores porque son subversivos, al llevarse por delante sus mandos naturales y al entrar en valoraciones y declaraciones políticas que les está vedado. La corrupción existe no solo cuando se usan mal los dineros del pueblo -y esta es y debe ser sancionada por los órganos administrativos y judiciales pertinentes-; existe también cuando se busca sustituir a los organismos normales de la administración por quienes, no teniendo facultades ni autoridad para ello, la asumen por el solo hecho de tener la fuerza en sus manos”.

Hay que situarse en esa época para aquilatar la valentía de Vasconcellos en enfrentar con similar dureza a la izquierda violentista y a la derecha golpista, extremos aparentemente contradictorios, pero que coincidían en un mismo desprecio por el ordenamiento constitucional.

Eran tiempos en que el recién nacido Frente Amplio miraba con simpatía la revolución cubana, que había desvelado su inspiración marxista y promovía la censura y el paredón contra la libertad de pensamiento.

Eran tiempos en que los dirigentes uruguayos de izquierda hablaban en sus discursos de “la oligarquía blanca y colorada contra el pueblo del Frente Amplio”, aun cuando el FA había alcanzado apenas un 18% de los votos en la elección de 1971.

Ese fracaso fue, sin lugar a dudas, un estímulo para que la mayoría de los frenteamplistas se aliara estratégicamente con los militares en febrero de 1973, incapaces de comprender que una vez que estos se hicieran con el poder, la perseguirían de la forma más cruenta.

Lejos de esos cálculos políticos antidemocráticos e ingenuos, Vasconcellos se alzó como una voz lúcida en la denuncia de lo que se estaba gestando: “Que nadie se haga ilusiones: Latorre llegó y nadie ha olvidado cómo se tuvo que ir; los ‘latorritos’ que tratan de llegar -aunque puedan lograrlo mediante la ayuda de cobardes y traidores- que no olviden la lección histórica”.

Pocos meses después, el 27 de junio, se perpetró la disolución de las cámaras.

El golpe de estado, sembrado en aquel febrero amargo, ya era un hecho.

Y en la última sesión del parlamento, Vasconcellos pronunció un discurso tan breve como encendido: “Hay triunfadores efímeros que las hojas del viento desparraman y se olvidan hasta del odio de los pueblos. Ellos se sentirán vencedores y muchos serviles y miserables se acercarán para decorar una situación momentánea, pero ya sentirán también el látigo de la historia sobre sus hombros, como una mancha indeleble por la inmensa traición que están cometiendo contra el Uruguay”.

Qué ejemplo de dignidad y heroísmo, en un momento en que no se sabía qué podía esperar a los dirigentes políticos fieles a la Constitución y las leyes.

Con toda justicia, el 22 de setiembre de 2014, la Junta Departamental de la época homenajeó a este prohombre del batllismo, inaugurando una “marca de la resistencia” frente a la puerta de la que fue su casa, en 18 de Julio y Cuareim. “Ex casa del senador Amílcar Vasconcellos“ -dice la losa allí emplazada- “Dirigente de Partido Colorado, activo opositor a los militares golpistas y a la dictadura”.

Porque hay paradigmas de heroísmo que no se desparraman con el viento.

Porque donde haya un batllista, los latorritos serán desenmascarados y, tarde o temprano, recibirán el latigazo de la historia.

©️ Fátima Barrutta

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